domingo, 22 de noviembre de 2015

LA IMAGEN: UN MILLÓN DE SENSACIONES


"Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero a la primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza. Digo insoportable porque no lo atemperaba ninguno de esos sentimientos semiagradables, por ser poéticos, con los cuales recibe el espíritu aun las más austeras imágenes naturales de lo desolado o lo terrible. Miré el escenario que tenía delante -la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados- con una fuerte depresión de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al despertar del fumador de opio, la amarga caída en la existencia cotidiana, el horrible descorrerse del velo. Era una frialdad, un abatimiento, un malestar del corazón, una irremediable tristeza mental que ningún acicate de la imaginación podía desviar hacia forma alguna de lo sublime. ¿Qué era -me detuve a pensar-, qué era lo que así me desalentaba en la contemplación de la Casa Usher? Misterio insoluble; y yo no podía luchar con los sombríos pensamientos que se congregaban a mi alrededor mientras reflexionaba. Me vi obligado a incurrir en la insatisfactoria conclusión de que mientras hay, fuera de toda duda, combinaciones de simplísimos objetos naturales que tienen el poder de afectarnos así, el análisis de este poder se encuentra aún entre las consideraciones que están más allá de nuestro alcance. Era posible, reflexioné, que una simple disposición diferente de los elementos de la escena, de los detalles del cuadro, fuera suficiente para modificar o quizá anular su poder de impresión dolorosa; y, procediendo de acuerdo con esta idea, empujé mi caballo a la escarpada orilla de un estanque negro y fantástico que extendía su brillo tranquilo junto a la mansión; pero con un estremecimiento aún más sobrecogedor que antes contemplé la imagen reflejada e invertida de los juncos grises, y los espectrales troncos, y las vacías ventanas como ojos..."

Es así como comienza el misterioso relato "La caída de la casa Usher" de Edgar Allan Poe, a quien, debido a su genialidad, volvemos a invocar en este espacio cibernético. Es este el relato que he encontrado intensamente oportuno para ejemplificar cómo, con un espíritu aguzado, tan sólo una imagen o un paisaje puede provocarnos una cantidad infinita y a veces incluso inexplicable de sentimientos. Esto, sin embargo, mis amig@s, ha de resultar un milagro para quien le ocurra, pues ha de ser una clara señal de que aún estamos vivos y atentos al mundo y por ende a las imágenes que este nos presenta. Es y representa ello una lucha constante por sobreponerse a la frialdad imperante de estos tiempos modernos, en que nos llueven imágenes publicitarias, avisos, grafitis, dibujos, y un sinfín de gráficos que inundan nuestras pobres mentes atrofiadas de información y escasas en criticidad. 

Espero que a tod@s nos siga conmoviendo la visión de un paisaje, que seamos aún quienes ante la belleza o la tristeza transmitida bajo una captura ya sea natural o digital el dolor o la alegría nos invadan; cualquier sentimiento nos invada... porque eso, eso, querid@s amig@s, es lo que nos permite descubrir que seguimos viv@s en medio de tant@s muert@s.

A continuación, quiero compartirles un ejercicio escritural que realicé aplicando esto que acabo de mencionarles. Al lado de ello les posteo la imagen que produjo el cuento y, finalmente, les hago una especial invitación a que, retomando el ejercicio de la entrada anterior de mirar a nuestro alrededor todo lo bello, podamos tomar una imagen y crear a partir de ella. ¡Espero lo disfruten!

EL ENCUENTRO

Una noche oscura y fría anunciaría el misterio de la casa naranja. El asesinato. La fría montaña. El congelado e inerte cuerpo. La vida detenida en una fracción de tiempo incalculable. La fatídica Moira cortando el frágil hilo de la vida. El naranja, el nuevo negro.
Una casa inhabitada y con una arquitectura indescifrable habría de capturar la mirada de aquellos dos seres destinados al encuentro. Ella, una joven en busca de un horizonte, de una aventura hipnotizadora y ecléctica en sí misma, ella, siempre tan ella. Él, por otro lado, tan misterioso siempre, sumergido en los insondables abismos de su pensamiento.
Aquel encuentro, inesperado y exento de toda programación, los adentraba por vez primera en un paisaje de un verde montañoso antes inexplorado, un verde, una evocación a la alegría del espíritu que parecían haber perdido para siempre. Arbustos y grandes pinos les anunciaban la omnipotencia del paisaje exuberante y recién descubierto por ellos. Un camino hecho de tierra, tan angosto en si mismo que resultaba imposible deslizar por sobre este aquellos horribles caminadores mecánicos que la gente se empeña en referenciar como los grandes inventos: carros y motos bienvenidos no eran en aquel bello paraje.
La vida parecía llamarlos a su gran fiesta y de repente, después de unos pasos inesperados y de un éxtasis inusitado, se vieron de pronto al frente de una especie de casa castillo, una construcción tan peculiar e inexplicable a la vez les mostraba un panorama que las palabras no lograban discernir. Aquella casa les inspiraba un no sé qué ensordecedor: lo más trayente parecía ser, precisamente, la falta de estructuralidad de la casa castillo. Era en sí misma un goce inesperado, y daba la impresión de que su constructor, al momento de efectuar la obra y percatarse de que estaría rodeada por una omnipresente naturaleza, pretendió darle un carácter que pareciera concordar con el entorno circundante. No quería irrespetar aquel bello verde que lo rodeaba, y en un sublime intento por compaginar después de tantos años ser humano y naturaleza, decidió dotar a su noble construcción de un color melancólico y a la vez sereno, como lo es el mundo natural; un naranja claro, sosegado. Y además, decidió que la estructura no sería estructura, y más bien, trascendería al punto de invitar a un encuentro secreto y sublime con una fuerza ajena a nosotros, pero tan atrayente como la vida misma que palpita en cada rincón del bosque y de la montaña. La imagen de una flor en lo que podríamos denominar techo, confirma toda una teoría de compaginación con el entorno. Unas formas graciosas y no lineales permiten entrever una armonía inesperada en tales creaciones humanas.
Finalmente, ahí estaban ambos, unidos indescriptiblemente por un lazo invisible, incapaz de ser divisado. Quizá su vida de opuestos y sinrazones constantes los había destinado a encuentros furtivos y siempre coordinados por el universo. El silencio era su amigo inseparable y las palabras muchas veces resultaban inocuas cuando el cuerpo, la mirada e incluso el aire circundante se tornaban lenguaje vivo y amante. Las formas graciosas, desordenadas y en distintos puntos redondas de la construcción les hacían una invitación al amor, el destino los llamaba. Aquella casa que parecía no contar con las ataduras y divisiones del mundo humano parecía hablarles un lenguaje propio, tan carnal como anímico al mismo tiempo. Una forma sin puertas definidas, sin aquellos objetos puestos en la entrada que no hacen más que separar y separar nuestras inconclusas vidas de humanos sin retorno al paraíso, despojados de toda suerte de rescate de este mundo que nos aprisiona y sumerge en su incalculable inmundicia.
El silencio habló y ambos comprendieron que era momento de ingresar al llamativo y quizá exótico aposento. La entrada a la morada era de un tamaño inferior al de ellos, lo cual permitió una mirada cómplice entre ambos, así como un diminuto rictus de alegría se diviso en sus labios. 
Inmediatamente entraron la sorpresa lo sobrecogió y fue como una de aquellas veces en que lo encontrado decepciona a los anhelados de la expectación alrededor de algo o de alguien. Así fue cuando la maravillosa casa la que el silencio y el destino los habían convocado, se les presento como todo un fiasco. Ninguna clase de maravilla interior, ningún mundo mágico los esperaba, ningún aire de fatalidad o esperanza parecía abrirse sobre ellos. Ningún halo de maravilla quedaba prendido en el ambiente circundante. Simplemente formas curiosas, llamativas, quizá, eso había sido todo.
Decepcionados ante tal escenario, se dispusieron a salir de la morada, sin embargo, el asombro inmediato los sobrecogió al ver cerrarse todas las posibles salidas de la casa, es decir, la entrada principal y aquel llamativo agujero en la esquina de la casa que asemejaba una ventana. Alejados y apartados del mundo, y tan acostumbrados a este como estaban, aunque sus almas fuesen aún locas y aventureras de corazón, sus pensamientos los sorprendieron al contemplar la posibilidad de un secuestro o incluso una muerte inesperada.
Un suspiro. Un hálito de frialdad y ausencia de repente los envolvió y un sueño profundo invadió sus mentes y sus cuerpos. Quizá fueron segundos, minutos o incluso pudieron haber sido años. Todo su mundo desapareció, todo se torno transparente y como único fondo del paisaje quedo una invisibilidad aterradora pero a la vez tan acogedora como el lugar más profundo de cualquier corazón humano. Estaban dentro de la casa, pudieron percatarse de ello por las formas ya reconocidas de la morada, sin embargo un mundo era ahora parte de esta y un estado de sorpresa y de euforia de repente los envolvió. Eran personas de carne y hueso, físicamente, sin embargo unas vestimentas increíblemente pasteles y hermosas era su distintivo. Todas en frente de ellos, mirándolos con emoción y pasmo.
“Después de tantos milenios, finalmente han retornado.” Y para su sorpresa, ellos recordaban todo, absolutamente todo. Esos rostros de las decenas de personas amontonadas alrededor suyo les era más familiar que todos los rostros familiarizados en toda su vida terrenal. Los conocían, eran parte de ellos. Ahí estaban, mirándonos, reencontrándose después de tantos siglos, de tantos milenios, de tanto tiempo perdido.  
“Aquí somos, aquí estamos, aquí hemos permanecido y seguiremos permaneciendo aquellos que hemos refutado toda contradicción natural, todos aquellos que nos hemos sobrepuesto a la infamia de dejar de ser y de sentir, aquellos que hemos vivido sin saberlo, sumergidos por siempre en este refugio construido hace miles de siglos y que ahora se convierte en la inmortalidad de la raza. Aquí somos y aquí estamos, porque nos atrevimos a amar en tiempos de odio, nos atrevimos a gritar en tiempos de silencio, fuimos capaces de escuchar en tiempos de ruido ensordecedor, nos atrevimos a luchar, en tiempos de pasividad descarnada. Aquí estamos, compañeros, aquí somos los que nos atrevimos a amar. Los locos de corazón, los inalcanzables y a la vez incansables. Aquí somos y aquí estamos los de destinos rotos  e incomprensibles, los que hemos llorado y reído, languidecido y padecido la desventura de nacer en un mundo de vidas muertas, risas perdidas y llantos en aumento. Aquí estamos, aquí somos y seguiremos siendo. Porque ser y sentir es la única opción del valiente.”
Era el momento de la unión solemne en la gran casa. Todo se había comprendido. Todo se había dicho; todo se había sentido. El aire era inundado por un hálito de fervor matutino, por la unión que habría de consumar la eternidad de las almas de ambos. Ahí estaban finalmente en el lugar del reencuentro, el que tanto sus almas habían anhelado alcanzar. Finalmente estaban en un mundo mas allá de lo terrenal, habían llegado ahí, al lugar a donde había pertenecido. Sus inconclusas almas, sin hallarse en el mundo, habría de crear un pacto sagrado para ser llevadas al lugar destinado hace siglos y milenios. Extrañándose durante toda la eternidad de este largo tiempo, sus cuerpos se fundieron en el éxtasis del amor y sus corazones llegaron a sentir tan profunda y sublimemente que habría de llegar al rictus de la belleza, puntos exactos alrededor de todo el cuerpo marcaban el trasegar de sus indómitas almas por otros tiempos. Hallabanse en el furtivo momento, adorándose, fundiéndose, reencarnándose, sabiéndose poseedoras del destino del amor. La magia palpitante de su corporalidad brillaba a través de haces de luz inexplorada, destinada tan solo a los inmortales. Millares de manjares se confundieron con el sudor anhelante de sus cuerpos hasta llegar al éxtasis final, a la magia. El corazón habría de fundirse de tanto amar, habría de llegar al ocaso de lo que esperaron. Ya lo habían visto todo, lo habían vislumbrado todo. ¿Y para qué buscar otra ciencia si la única verdadera era la alegría de amar? Los corazones, ya hechos uno, se detuvieron, fue el palpito final el que marco la cima de la eternidad. Los cuerpos, ahora hechos uno solo, fueron bañados bajo cascadas de ambrosía, descendiendo de mares de invisibilidad penetrante. Ahí, su marcha fue detenida por la sabiduría del tiempo que recorrió siglos hasta llegar a su destino. Todo se detuvo en un momento eterno y efímero a la vez, tan perfecto como lo imperfecto de todas nuestras naturalezas.
Sus almas vivirían por siempre en aquel lugar, pero sus cuerpos retornarían a aquel espacio que los condujo hasta la casa de la magia. La muerte de lo efímero los recibirá para dar paso a la vida de la eternidad. Aquellos fríos cuerpos que experimentaron el calor de lo invisible y la maravilla del encuentro, fueron conducidos hasta las afueras de la casa, que solo era vista por aquellos destinados al amor, aquellos expectante por sentir, aquellos desencontrado con el mísero mundo a su alrededor. Aquellos cuya tarea consistió en siempre dudar, en esperar la maravilla, en luchar por ser y sentir en un mundo de frialdad y miedo. Aquellos luchadores incansables por la verdad; la verdad del amor.
Ahí, en aquella noche de oscuridad infinita, el cuerpo inerte, antes dos cuerpos, ahora fundido en uno solo, era empacado por los investigadores, incapaces de comprender el suceso  y lo que de ahora en adelante llamarían el misterio de la casa naranja. Nadie lo comprendería nunca más. Nadie volvería a aquel tibio lugar, solo percibido por unos pocos a través de infinitos momentos. Quedaría el grupo mágico y las almas trascendentes reservadas para la maravilla de la casa naranja, aquella húmeda y cálida morada, resguardadora de las almas destinadas al encuentro con la eternidad y el amor infinito, a aquel que va más allá de un tiempo y espacio definidos por la inagotable dictadura del tiempo perdido en remotos siglos de ausencia.



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